Archivo de la etiqueta: María Isabel Hoyos

JOJOMARE, LA FIESTA DEL VIOLÍN ENTRE LOS WARAO

El jojomare es una fiesta de baile muy alegre en la que los warao estrechamos nuestros lazos de amistad y solicitamos y agradecemos la protección de los espíritus de la casa y de la selva; de eso que algunos llaman dioses.

Así tenemos que un día, al amanecer, uno de los jefes de la ranchería le dice a sus parientes:

El espíritu, dibujado por un warao, le habla en sueños al wisiratu. Ilustraciones de María Isabel Hoyos para la obra “Jojomare, música y baile warao”, adaptación de textos de Johannes Wilbert y Dale A. Olsen.

–Anoche, en mis sueños, el espíritu de mi casa me comunicó que quiere fiesta, quiere guarapo, quiere bailar, así me dijo.

A partir de ese momento y con gran entusiasmo, comenzamos los preparativos para la fiesta, unos van al conuco a cortar la caña de azúcar, otros arreglan la prensa para sacarle el jugo a la caña y otros alistan el tinajón para preparar el guarapo.

–¿Para cuándo es la fiesta? –comienzan a preguntar con insistencia en la ranchería

–Pronto, –dice el jefe dueño de la casa–, en cuanto salga la luna llena y no esté tan oscuro.

Pero el espíritu de la casa sólo tendrá fiesta cuando el tinajón del guarapo esté bien lleno.

Finalmente, el esperado día del jojomare llega y en caso de que el anfitrión no sea shamán o wisiratu, como lo llamamos los warao, él mismo irá bien temprano en busca del wisiratu para pedirle:

–Quiero que hoy le hables al espíritu de mi casa. Dale todo el guarapo que pida.

A la caída del sol, llega el wisiratu en su curiara al sitio de la fiesta al que encontrará iluminado con lámparas de aceite. Entra en la casa, se sienta, enciende su tabaco y le canta así al espíritu de la casa:

–Señor de la casa, todo esto es por tí.

El espíritu de la casa, deja entonces oír sus palabras por la voz del wisiratu:

Janoko a rotu, janoko a kobe, ine. “El dueño de la casa, el corazón de la casa soy”– ¿Quieren bailar?

–¡Si! –contesta el wisiratu, –queremos bailar.

–¿Ya es tiempo, entonces?

–Si, ya ha llegado el momento –agrega el wisiratu.

–Está bueno, pues. Pueden bailar. Yo estoy contento y ustedes están contentos y aunque no pueden verme, yo, desde donde estoy sí puedo verlos. Estamos todos contentos. Y, ahora bailemos juntos.

El wisiratu echa una bocanada de humo del tabaco hacia el techo y a continuación se acerca al tinajón de guarapo. Llena una totuma y arroja su contenido al centro del techo, donde se encuentra el espíritu. Sí es un buen shamán, ni una sola gota de guarapo caerá al suelo. Luego hace lo mismo en cada una de las cuatro esquinas de la casa.

–Mucho ojo –advierte el wisiratu, –que el guarapo está fuerte. Seamos todos amigos.

–Que no haya pleitos –ruega el anfitrión, dueño de la casa– Si se pelean la gente va hablar mal de mi fiesta.

Entran entonces los hombres más viejos y se sientan uno al lado del otro en los laterales de la casa. El anfitrión les ofrece una totuma con guarapo. Ya han llegado todos los invitados, es el momento de comenzar el baile. El violinista se coloca en el centro de la casa, los hombres y las mujeres forman sus filas unas frente a los otros y, enlazados, empiezan a bailar y a cantar.

Así va pasando el tiempo, baila y baila, y apenas el violinista se sienta a descansar o se detiene para beber un poco de guarapo, las mujeres le ruegan:

–¡Anda, toca el violín otra vez, maremare! ¡sigue tocando, no te detengas!

Y el maremare, como llamamos al músico los warao, toma el violín y hace vibrar de nuevo sus cuerdas tocando aquellas canciones que tanto le gusta cantar a la gente.

Al amanecer ya todos están cansados, se vació el tinajón de guarapo, se acabó la fiesta. El músico, al igual que los demás, regresa a su casa. Al llegar, toma un pedazo de tela, envuelve delicadamente el violín y lo cuelga en la viga del techo que da hacia el lado por donde nace el sol. Allí descansará hasta la próxima fiesta o hasta que su canto susurre de nuevo al oído del músico y este lo haga tañer alegrando el corazón de los warao.

No se sabe exactamente cómo, ni cuando llegó el violín al Delta del Orinoco. Quizás por eso algunos ancianos warao narran la vieja leyenda de Naku. Un mono negro que vino de la Isla de Trinidad trayendo al Delta un hermoso violín, al que llamaba Sekesekeima, con cuya melodiosa y mágica música logró cautivar a todos.

Los warao fabricamos nuestros propios violines que al igual que Naku, llamamos Sekesekeima. Tan hermosos nos parecen que también los conocemos como “Iboma sanuka “, la muchachita”.

El cuerpo del violín lo hacemos con madera de cedro y las cuerdas con fibras de curagua, enceradas con resina vegetal.

Mokobito, Jesús Rojas, un vitalista warao muy actual con un sekeseke de su propia creación. Foto cortesía de Hector Figueroa 2007.
Anuncios