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La serpiente emplumada también existe en Amazonas y los ye’kuana la llaman Wiyu

Tapa o portada de la publicación Wiyu la serpiente emplumada y otros mitos ye'kuana, de Beatriz Bermúdez. Colección Guarimba
Diseño de la tapa y portada: María Isabel Hoyos

Wiyu, la serpiente emplumada y otros mitos ye´kuana

Es el título del primer libro dirigido a lectores infantiles que publiqué. Originalmente, esta recopilación de mitos y otros textos ilustrados formaban parte del libro: “Trama, mitos y cestería ye’kuana”, publicado en 1988. Obra en la que planteo, por primera vez, la íntima e intrincada relación que existe entre mitología, cestas y alimentos. Años más tarde, a solicitud de Velia Bosh, Wiyu apareció con su penacho de plumas para conmemorar los 10 años de la Colección Guarimba, colección infantil que Velia había creado y dirigía en Alfadil Ediciones, Venezuela.

Pero Wiyu es algo más que la versión amazónica del conocido mito mesoamericano de la serpiente emplumada. Es la gran anaconda, la creadora y dueña del agua de ríos y lagunas y de todas las criaturas que en ella habitan. Ataviada con su enorme penacho de plumas, convertido en arcoíris cuando lo despliega al sol, Wiyu emerge de la profundidad de las aguas para producir grandes cambios en la tierra, fecundarla y renovarla. De allí que los ye’kuana, aún hoy día, sientan un profundo respecto y hasta temor por su poder y evitan mirar el cielo cuando surge un arcoíris. De la misma manera, les es prohibido o tabú cazar y consumir anacondas.

En esta publicación, el mito de Wiyu aparece enlazado con otros mitos muy arraigados y difundidos entre los pueblos indígenas del Amazonas y las Guayanas, tal como suele suceder cuando son cantados o narrados por los sabios ancianos en la penumbra de sus viviendas comunales o ante el grabador de un acucioso antropólogo. Entre estos mitos, encontramos el conocido mito del árbol de todas las plantas y frutos, uno de mis preferidos y del que conozco varias versiones.

Como podremos evidenciar con su lectura este complejo mítico amazónico, pletórico de un rico simbolismo, narra el origen de los seres y las cosas, así como también el surgimiento de importantes referentes geográficos que identifican su territorio ancestral. Sus caudalosos ríos, la selva que los circunda, las sabanas, tepuyes y montañas sagradas como el Duida y el Marawaka, esas gigantescas moles de piedra que resultaron de la tala del mítico árbol.

Pero también hablan de los saberes que los seres humanos recibieron de sus creadores y héroes culturales, ¡y de los que les robaron! así como de aquellos conocimientos y destrezas que han desarrollado e ido acumulando a lo largo de miles de años y que les han permitido aprovechar los recursos que la naturaleza les ofrece. En particular, los tubérculos de yuca amarga, base de la alimentación de la mayoría de los pueblos que habitan la región Amazónica.

Cestas y yuca amarga

La yuca amarga o mandioca, cuyo nombre científico es manihot esculenta Crantz, contiene un ácido venenoso que la hace incomestible aun para las numerosas plagas e insectos que abundan en la selva, de donde es originaria. Su consumo por tanto, puede ser mortal a menos que se le extraiga el veneno y para lograrlo de manera eficaz, los indígenas utilizan la tecnología cestera. En particular, esa extraordinaria cesta en forma cilíndrica y de complicado tejido y confección a la que los ye’kuana llaman tünküi y en español le decimos sebucán. Gracias a ella es posible extraer el veneno de las gruesas raíces de la yuca y obtener así una harina rica en calorías.

Wadishidi, el “dueño de las cestas”

Pero en ese tiempo primordial, los ye’kuana no sabían cómo hacer cestas. Estas eran posesión de Wadishidi, un shamán muy temido por sus poderes mágicos, egoísta y malévolo, quien las ocultaba celosamente y no compartía su secreto con nadie.

Además de estos acontecimientos cosmogónicos y de las múltiples transformaciones que sufren sus personajes, la dinámica que caracteriza a estos mitos, como parte de la tradición oral, facilita la incorporación de nuevos hechos y elementos y con ellos su constante actualización. Es así como encontramos en los mismos, referencias a momentos históricos de gran repercusión para los pueblos indígenas de la región. Entre ellos, la llegada de los invasores europeos.

Los ye’kuana narran con orgullo cómo, transformados en jaguares, vencieron al invasor e impidieron que se asentara en su territorio. Este hecho los ha llevado a autodenominarse “los no conquistados”. Sin embargo, desde entonces y muy a pesar de su resistencia, su cultura no ha estado ajena a la influencia de evangelizadores, aventureros, investigadores, comerciantes y agentes del gobierno y más recientemente del letal arribo, hasta la más recóndita de sus comunidades, de mineros ilegales y medios de comunicación.

Con Wiyu… intento ofrecer una adaptación, fiel y rigurosa, de solo una parte de esa muy extensa y rica mitología, respectando al máximo la sintaxis y el vocabulario utilizados por los narradores. A la adaptación de los mitos agregué una sencilla descripción del proceso mediante el cual, niños y niñas ye’kuana aprenden a tejer cestas, y con ello, algunos de los valores fundamentales de su cultura y organización social. Mi objetivo entonces, igual que ahora, ha sido contribuir al conocimiento y valoración del legado cultural indígena venezolano.

Dawasehuma

Las versiones originales de estos mitos fueron ofrecidas por los sabios ye’kuana Barné Yabarí y Manuel Velásquez, conocido también como Dawasehuma, ambos del Río Cunucunuma; y por Napoleón, del Alto Caura, recopiladas en su mayoría por Marc de Civrieux y otros por mí, en distintas épocas y lugares. Las ilustraciones, en técnica mixta de acuarela y creyón, son obra del artista plástico, caricaturista y poeta caraqueño Juan Rodríguez. A todas estas personas que hoy están en otro plano, incluyendo a Velia Bosh, a quienes admiré por su extraordinaria labor y calidad humana, siempre les estaré agradecida por haberme honrado con su amistad y por haberme acompañado en la aventura de publicar un libro.

Es justo también reconocer el acompañamiento y apoyo de otras personas como Patricia Céspedes, una correctora de estilo sin par, amiga hasta el presente; a Stefano Gramitto, Jesús María Herrera, Luis Falachi y sobre todo a mi hijo Emiliano, todos ellos críticos lectores.

A Manuel Velásquez supe que también lo llamaban Yawasecjää Ömö, pero ninguno de estos era su verdadero nombre. Entre los ye’kuana, según él mismo refería, el nombre propio solo lo conocen tus padres y tu, es secreto y además es tabú tratar de indagar sobre el tema.

Yo conocí al viejo Manuel en 1979, cuando no éramos tan viejos. Ese mismo año, en una de sus visitas a Caracas, Dawasehuma me acompañó a una entrevista que me hacían en Radio Caracas Radio sobre la infancia indígena con motivo de la celebración del Año Internacional del Niño. Después de la entrevista, continuamos conversando sobre el tema y Manuel, con su infinita sabiduría, me confió una serie de detalles sobre la crianza y educación tradicional ye’kuana. Buena parte de esta información aparece en Wiyu y también en Temeeni, un niño hye’kuana, texto que apareció publicado en 2003 y sobre el que escribiré en otra ocasión.

Los ye’kuana

Por ahora puedo agregar que los ye’kuana son uno de los cientos de pueblos indígenas que desde hace milenios pueblan, transitan, transforman y conservan esa vasta región conocida como Amazonas. Su idioma y su cultura forman parte de la gran familia caribe; reconocidos como excelentes navegantes y comerciantes, han sabido ser celosos guardianes de sus territorios y cultura, en particular de su idioma, ritos y mitología ancestral.

Si bien los sabios ye’kuana, al momento de cantar o narrar sus mitos, no distinguen entre adultos, jóvenes, niñas o niños, es innegable que en muchas ocasiones es principalmente a la gente joven a quienes se dirigen. En particular a los niños y adolescentes, llamados a ser los continuadores de esta antigua tradición. Luego, algunos de ellos, al igual que sus antepasados, se convertirán en los “dueños de la palabra”. Los expertos conocedores de su cosmogonía e historia mítica, de sus cantos y de los rituales asociados a ella.

Las niñas por su parte, al igual que sus madres y abuelas, serán las dueñas del conuco, de la siembra y sus productos. Pero solo gracias a las magnificas cestas que elaboran los hombres, esos productos podrán transformarse en alimentos para la comunidad. Porque es bueno saber que entre los ye’kuana, nunca nadie se queda sin comer.

Celebración de la primera fiesta del “conuco nuevo” . Ilustración Juan Rodríguez

Wiyu y sus vuelos

Volviendo a los libros, quisiera señalar que Wiyu ha volado más allá de los anaqueles de librerías y bibliotecas para darse a conocer, con voz propia, en el ámbito escolar y cultural, ignorando así las listas de “recomendados” de las instituciones expertas en LIJ en Venezuela.

En sus vuelos, a lo largo de estos años, este mito ha sido narrado por cuentacuentos en plazas, bibliotecas, escuelas y teatros de pueblos pequeños y grandes ciudades; representado por grupos de títeres y de teatro infantil, así como por agrupaciones musicales. En 2004, Wiyu fue seleccionado como uno de los temas e imágenes de la Feria Internacional del Libro de Caracas, dedicada a los pueblos indígenas de América. Oportunidad en la que más de 5000 estudiantes de las escuelas del área metropolitana disfrutaron de su lectura y representación teatral.

Se trata de un libro “descatalogado”, del que es difícil conseguir un ejemplar, pero confío en que siga presente en la Red de Bibliotecas Públicas de Venezuela y en las bibliotecas escolares a las que llegó.

¡Ahhh! y yo aspiro y espero que Wiyu, y su penacho de plumas, estén en el recuerdo y vivencias de las niñas y niños que han tenido la oportunidad de leerlo o escucharlo y que su imagen continúe cautivando su imaginación como parte de lo que somos.

Página de créditos de la publicación a la que se puede agregar que se trata de
una edición rustica, tapa blanda a todo color. -35 p. 21 x 21 cm.




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