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FRANCISCO TOLEDO, EL CONEJO Y EL COYOTE

 Didxaguca’ sti’ Lexu ne Gueu’

Versión de Natalia Toledo. Ilustraciones de Francisco Toledo.

Edición bilingüe español-zapoteco, el idioma de las nubes. Colección Clásicos. México DF: Fondo de Cultura Económica, 2008.

Conejo en el idioma warao significa mentira o mentiroso. No he indagado mucho sobre el origen etimológico de esta palabra pero al parecer es ibérico, preromano, o lo que es igual antecede al latín, pues según algunas fuentes estos animalitos eran oriundos de la península Ibérica y no se conocían en Grecia ni en Italia.

Pero el por qué en África y América se asocia al conejo con la astucia, con la mentira, quizás se deba a su habilidad para engañar a sus depredadores hasta el punto de hacerse el muerto, literalmente hablando. Habilidad que se resalta en la literatura popular de ambos continentes. Y en eso de burlarse de los depredadores Francisco Toledo los iguala, pues gracias a su arte y astucia él, un artista de origen indígena, burló a los poderosos al impedir que silenciaran su voz, su obra, su visión. Un artista que enalteció a su pueblo y llenó de orgullo a Oaxaca y a México entero y al que siempre estaré agradecida.

Por eso, cuando escribí estas palabras para “Bitácoras”, una sección de la Web de la Fundación Cuatro Gatos que rescata historias de esos libros que nos marcaron, no pude de dejar de pensar en lo mucho que comparten los pueblos indígenas. Recordé a los warao y sus muchas versiones de estos relatos populares, a los narradores, a esas versiones nunca escritas y menos aun publicadas y sin embrago tan vivas. :https://www.cuatrogatos.org/detail-bitacora.php?id=817

Sirva esta “entrada” como un sencillo homenaje a Toledo; ilustrador de mitos e imaginarios negados, querido, estimado y admirado. Un fabulador comprometido a quien el dolor por los suyos lo llevo a otro plano.

Va el texto de Bitácoras

A veces resulta complicado reconocer cuales son los libros que nos han marcado. Para mí, son muchos; pero puedo decir sin lugar a dudas, que este cuento del que el FCE editó una magnifica versión en 2008, me abrió las puertas y me empujó por un camino profesional que hasta entonces no había imaginado. Dado que se trata de una publicación de la cual se han escrito magnificas reseñas y críticas, algunas difíciles de superar, me gustaría referir parte de lo que ha sido mi experiencia personal desde mi visión como antropóloga.

La primera vez que tuve este cuento en mis manos fue en 1983. Entonces trabajaba en el Instituto Caribe de Antropología y Sociología de la Fundación La Salle, en Caracas. Estaba en la Biblioteca del Instituto revisando “novedades” con Librado Moraleda, un líder y maestro indígena cuando lo vimos. Nos extrañó porque no era un libro de antropología sino una enciclopedia infantil y no teníamos idea de cómo y porqué había llegado hasta allí. Comenzamos a ojearlo cuando unas imágenes llamaron nuestra atención y nos dimos cuenta de que se trataba de un cuento escrito en un idioma indígena.

¡Qué bonito! ¿Cuándo tendremos nosotros libros así en la escuela?, todo lo que nos llega es feo y en español, -exclamó Librado.

Para ese entonces, una de las demandas más sentidas de los docentes indígenas era que se publicaran libros en sus idiomas, pero intuí que eso no era suficiente, que ellos también aspiraban a tener acceso a libros bien hechos, a ediciones cuidadas, donde pudieran reconocerse, leerse y que además fueran capaces de producir aquel goce estético que compartíamos en ese momento.

Esa demanda continúa vigente en todo el continente, pues si bien el número y la calidad de las publicaciones en idiomas indígenas han crecido exponencialmente, aún es mucho lo que falta por hacer.

Debemos considerar que nada más en México existen, aproximadamente, 10 millones de personas que hablan en distintos idiomas, una realidad ignorada por la mayoría de las editoriales y que ha llevado a los indígenas a crear y gestionar sus propias ediciones. Lamentablemente, a pesar de sus esfuerzos y de la excelente calidad de la mayoría de sus libros, estos son tan poco conocidos, y tan poco promovidos entre los lectores, como lo es el acervo cultural indígena.

Aquel libro “bonito” era el primer libro bilingüe dedicado a lectores infantiles que conocía y que luego inspiraría mi trabajo como editora y también el de Librado como autor y como docente. Las imágenes que tanto nos habían gustado eran las que Francisco Toledo, en su particular y genial estilo, había creado para ilustrar la versión zapoteca del cuento “El conejo y el coyote”. Relato que formaba parte de uno de los 10 volúmenes de lo que fue la Enciclopedia Infantil Colibrí (1979), editada por la Secretaría de Educación Pública (SEP) de México y editorial Salvat. Proyecto que adelantaba Mariana Yampolski, la recordada fotógrafa y editora mexicana, y de quien en 1995 en su casa de Tlalpan, tuve el honor y el privilegio de recibir un ejemplar del volumen que incluía el cuento. Esta maravillosa enciclopedia tenía entre sus objetivos: “Estimular la imaginación, la creatividad, y la reflexión crítica de los niños y los jóvenes ante el individuo, la naturaleza y la sociedad. Colibrí, el más divertido vuelo hacia el saber”.

LA EDICIÓN DE 2008

En esta nueva edición del Cuento del conejo y el coyote del FCE, se incluyen los 33 gouaches que Toledo había creado originalmente para Colibrí y de los cuales sólo se habían seleccionado 16. Además contiene la versión de la poeta Natalia Toledo, hija del pintor, escrita en tres idiomas: español,diidxazá – una de las variantes del idioma zapoteco- e inglés). Incluye también textos de Carlos Monsiváis, quien fuera amigo personal de Toledo, de Luis Carlos Emerich y de la colega Elisa Ramírez.

Del tiraje de 2 mil 500 ejemplares, mil vienen en una caja que contiene un facsimilar original, firmado y numerado por el artista, elaborado con papel hecho a mano en Oaxaca e incrustaciones de mica. Si no me equivoco, también lanzaron un tiraje con un formato más pequeño, como el que conseguí hace pocos años en la librería del FCE, en Caracas. Esto de las distintas ediciones lo explica bien Omar González en su Blog, en una entrada donde escribe sobre otra obra en la que aparecen como coautores padre e hija. http://notasomargonzalez.blogspot.com/2012/11/la-muerte-pies-ligeros.html

Pero ¿qué hace tan especial este libro para que se haga una edición con tales características? Para mí no es sólo el hecho de que Toledo sea uno de los artistas plásticos más reconocidos de México en la actualidad, sino que su origen indígena, su compromiso con su idioma y su cultura, le llevaron a recrear ese popular relato con imágenes de tal belleza y fuerza plástica que es difícil ser indiferente ante las mismas. Es una obra actual, plena de simbolismos y de un colorido y formas inusuales en un libro infantil para entonces, pero que innegablemente tiene sus raíces en una de las culturas más antiguas y ricas del continente.

Por su parte, Natalia Toledo, quien fuera monolingüe hasta los 11 años cuando aprendió español, se ha ganado por mérito propio su puesto en las letras mexicanas. En una entrevista que concediera al periodista argentino Mario Casasus y publicado en El Clarín.cl, Natalia habla sobre varios aspectos resaltantes de esta publicación.

En primer lugar, señala que se trata de una narración que pertenece al imaginario colectivo de muchos pueblos indígenas de su país, de las variaciones que de él existen, algunas de las cuales sustituyen al conejo por un correcaminos u otro animal igualmente ágil y rápido. Pero muy especialmente de los matices lingüísticos que su condición de bilingüe le permite incluir y recrear en la mencionada obra.

El idioma diidxazá, su idioma materno, es un antiquísimo idioma que forma parte de la macrolengua zapoteca, pero que comenzó a escribirse utilizando el alfabeto latino hace menos de un siglo. El diidxazá es un idioma tonal, eufónico, -hacemos música cuando hablamos, -dice Natalia. Un idioma cargado de onomatopeyas que le imprimen una sonoridad difícil de traducir al español, lo cual ella ejemplifica de la siguiente manera:

-El agua no hierve igual en español, en nuestro idioma suena xpocoxpoco y la caída de un conejo ndxinglón, no suena igual en Oaxaca que en Ciudad de México.

Los relatos del conejo y el coyote son un verdadero “clásico” de la literatura mexicana, ya que tal como Natalia Toledo lo señala, forman parte de la tradición oral de muchos pueblos indígenas de México, pero también de otros países de América donde los personajes cambian pero la esencia de la trama es la misma. Un animal pequeño ante su depredador más grande y fuerte del que se salva gracias a su astucia. Aunque es de hacer notar que Francisco Toledo en sus pinturas, iguala a ambos animales en tamaño, tal como se evidencia en la tapa de la edición de 2008.

Estas narraciones, al contrario de otros “clásicos” no abordan la eterna lucha entre el bien y el mal. No son cuentos dónde los malos son castigados y los buenos triunfan gracias a la magia y son premiados con tesoros. No hay belleza ni fealdad, ni reyes ni siervos. Si bien comparten con la fábula, como género literario, su brevedad y el hecho de que sus personajes son animales que hablan, piensan y se portan como humanos, no contienen una moraleja, no son cuentos didácticos, ni ejemplarizantes. No hay hadas ni magos, pero si mucha imaginación y sobre todo mucho humor y picardía. Pareciera que sólo pretenden divertir, burlarse del que se siente más fuerte y poderoso; una especie de mecanismo de compensación de los más débiles, de los que están en una constante lucha por sobrevivir.

Quizás por esta razón y por el hecho de que estos cuentos son muy populares en los países de la cuenca del Caribe y en el sur de los Estados Unidos, particularmente en zonas donde hubo enclaves de población africana, libres o esclavizadas, algunos investigadores señalan que fueron ellos quienes los trajeron de África y los echaron a andar por estas tierras. Por supuesto los indígenas y mestizos los hicieron suyos, los primeros, tan suyos que muy comúnmente mandan al conejo a la Luna, tal como lo hiciera Quetzalcóatl, según la mitología náhuatl, cuando estampó la figura del conejo sobre la horadada superficie lunar para agradecerle se ofreciera como alimento y salvarle del hambre. De la misma manera, encontramos otros elementos que solo están presentes en el continente americano a partir de la invasión europea, como es el queso y otros aún más recientes, como el bote de hojalata que incorpora Natalia en su versión:

Conejo es de corazón alegre: ama las fiestas y le encanta vagar como hoja de maíz de la mano del viento. En una noche, bajo la jícara brillante de la luna, Conejo ‘orejas de totopo’ tenía hambre, le chillaban las tripas caminaba pateando un bote de hojalata. De repente, levantó la vista y descubrió un huerto repleto de chiles; se escurrió bajo las púas del cerco y escogió para comer los más grandes, que colgaban como aretes en las orejas de las matas”.

Como vemos, “orejas de totopo” no es un héroe, es un personaje común, con necesidades comunes, como saciar el hambre y la sed. Un personaje que sobre todo, quiere salvar su pellejo, aunque sea con mentiras tontas, tan tontas cómo puede ser el coyote pero tan efectivas que dan risa. Sí, es un cuento divertido, hermosamente narrado y magistralmente ilustrado, pero ¿qué nos dice este cuento de los be’nezaa, del pueblo de las nubes, como se llaman a sí mismos los zapotecas? De ese pueblo al que pertenecen los Toledo y por lo menos un millar más de personas. Quizás mucho, quizás poco, aunque es probable que gracias a su lectura una niña, un niño, un joven, una persona cualquiera, por simple curiosidad, le dé un clip a su computadora o deslice sus dedos sobre una pantalla y descubra quienes son.

Sabrá entonces que los be’nezaa, son un pueblo indígena que desde hace miles y miles de años ocupa un vasto territorio al sur de México, donde desarrollaron una civilización que alcanzó un gran esplendor. Allí construyeron imponentes monumentos como Monte Albán, hermosas ciudades y avanzados sistemas agrícolas. Sabrá que zapoteco es una palabra de origen náhuatl que significa “pueblo del zapote”, un fruto que abunda en esa región. Sabrá que los be’nezaa desarrollaron su propio calendario y un sistema logofonético de escritura. Sistema que utiliza un carácter individual para representar cada sílaba y que según algunos indicios, puede haber sido la base de otros sistemas de escritura mesoamericanos como el olmeca, el maya, el mixteco y el náhuatl. Sabrá también que al igual que esos pueblos, los zapotecas crearon magníficos libros y conocieron diferentes formas de lectura y escritura a las que espero algún día tengamos oportunidad de acercarnos y dejarnos maravillar por su arte y poesía.

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EL SEWEI

El sewei es un sonajero elaborado con la cascara del fruto del árbol de retamo, llamado sewei arau dau, por los warao, o lo que es igual a “el dueño del retamo”. Tal como lo narraba Librado Moraleda en uno de sus escritos, el proceso es más o menos el siguiente : Vamos al pie del árbol, recogemos las cascaras y seleccionamos las que están en mejores condiciones, completas, secas y duras, de manera que puedan emitir un buen sonido. Una vez limpias, se les hace un pequeño agujero y se unen con un trenzado de moriche al que podemos agregar pequeños trozos de madera, conchas de caracol y hasta cascabeles de latón. De esta manera, logramos un sonido más fuerte y rico en matices.

El sewei es utilizado por los hombres durante las celebraciones sagradas. Generalmente atan el trenzado de moriche con las conchas o cascaras de retamo a sus tobillos pero también, suele llevarlo el shamán o wisiratu amarrado en el extremo de un palo largo con el cual golpea el suelo. De esta manera el sewei marca el paso, el ritmo del baile durante el najanamu y otras celebraciones. Por eso los warao decimos que el sewei posee un espíritu al que llamamos jebu oriwáka arotu “el dueño del baile”.

Sonajeros muy parecidos al sewei son utilizados por numerosos pueblos indígenas de América, siendo el de los “concheros”, en México, uno de los más conocidos.

Una de las ilustraciones más hermosas y mejor logradas de María Isabel Hoyos, es la del shamán y su sewei que aparece en la obra sobre la música warao. Te invito a conocer este libro que solo está disponible en las bibliotecas de Venezuela y algunas de Colombia y Brasil.

Del libro: Jojomare: música y baile warao. Editado en Caracas por la Fundación Cultural Chacao, 1999

Hombre warao amarrando el sewei para dar inicio al baile.
Desconozco al autor o autora de la foto que tomé de Internet.

JOJOMARE, LA FIESTA DEL VIOLÍN ENTRE LOS WARAO

El jojomare es una fiesta de baile muy alegre en la que los warao estrechamos nuestros lazos de amistad y solicitamos y agradecemos la protección de los espíritus de la casa y de la selva; de eso que algunos llaman dioses.

Así tenemos que un día, al amanecer, uno de los jefes de la ranchería le dice a sus parientes:

El espíritu, dibujado por un warao, le habla en sueños al wisiratu. Ilustraciones de María Isabel Hoyos para la obra “Jojomare, música y baile warao”, adaptación de textos de Johannes Wilbert y Dale A. Olsen.

–Anoche, en mis sueños, el espíritu de mi casa me comunicó que quiere fiesta, quiere guarapo, quiere bailar, así me dijo.

A partir de ese momento y con gran entusiasmo, comenzamos los preparativos para la fiesta, unos van al conuco a cortar la caña de azúcar, otros arreglan la prensa para sacarle el jugo a la caña y otros alistan el tinajón para preparar el guarapo.

–¿Para cuándo es la fiesta? –comienzan a preguntar con insistencia en la ranchería

–Pronto, –dice el jefe dueño de la casa–, en cuanto salga la luna llena y no esté tan oscuro.

Pero el espíritu de la casa sólo tendrá fiesta cuando el tinajón del guarapo esté bien lleno.

Finalmente, el esperado día del jojomare llega y en caso de que el anfitrión no sea shamán o wisiratu, como lo llamamos los warao, él mismo irá bien temprano en busca del wisiratu para pedirle:

–Quiero que hoy le hables al espíritu de mi casa. Dale todo el guarapo que pida.

A la caída del sol, llega el wisiratu en su curiara al sitio de la fiesta al que encontrará iluminado con lámparas de aceite. Entra en la casa, se sienta, enciende su tabaco y le canta así al espíritu de la casa:

–Señor de la casa, todo esto es por tí.

El espíritu de la casa, deja entonces oír sus palabras por la voz del wisiratu:

Janoko a rotu, janoko a kobe, ine. “El dueño de la casa, el corazón de la casa soy”– ¿Quieren bailar?

–¡Si! –contesta el wisiratu, –queremos bailar.

–¿Ya es tiempo, entonces?

–Si, ya ha llegado el momento –agrega el wisiratu.

–Está bueno, pues. Pueden bailar. Yo estoy contento y ustedes están contentos y aunque no pueden verme, yo, desde donde estoy sí puedo verlos. Estamos todos contentos. Y, ahora bailemos juntos.

El wisiratu echa una bocanada de humo del tabaco hacia el techo y a continuación se acerca al tinajón de guarapo. Llena una totuma y arroja su contenido al centro del techo, donde se encuentra el espíritu. Sí es un buen shamán, ni una sola gota de guarapo caerá al suelo. Luego hace lo mismo en cada una de las cuatro esquinas de la casa.

–Mucho ojo –advierte el wisiratu, –que el guarapo está fuerte. Seamos todos amigos.

–Que no haya pleitos –ruega el anfitrión, dueño de la casa– Si se pelean la gente va hablar mal de mi fiesta.

Entran entonces los hombres más viejos y se sientan uno al lado del otro en los laterales de la casa. El anfitrión les ofrece una totuma con guarapo. Ya han llegado todos los invitados, es el momento de comenzar el baile. El violinista se coloca en el centro de la casa, los hombres y las mujeres forman sus filas unas frente a los otros y, enlazados, empiezan a bailar y a cantar.

Así va pasando el tiempo, baila y baila, y apenas el violinista se sienta a descansar o se detiene para beber un poco de guarapo, las mujeres le ruegan:

–¡Anda, toca el violín otra vez, maremare! ¡sigue tocando, no te detengas!

Y el maremare, como llamamos al músico los warao, toma el violín y hace vibrar de nuevo sus cuerdas tocando aquellas canciones que tanto le gusta cantar a la gente.

Al amanecer ya todos están cansados, se vació el tinajón de guarapo, se acabó la fiesta. El músico, al igual que los demás, regresa a su casa. Al llegar, toma un pedazo de tela, envuelve delicadamente el violín y lo cuelga en la viga del techo que da hacia el lado por donde nace el sol. Allí descansará hasta la próxima fiesta o hasta que su canto susurre de nuevo al oído del músico y este lo haga tañer alegrando el corazón de los warao.

No se sabe exactamente cómo, ni cuando llegó el violín al Delta del Orinoco. Quizás por eso algunos ancianos warao narran la vieja leyenda de Naku. Un mono negro que vino de la Isla de Trinidad trayendo al Delta un hermoso violín, al que llamaba Sekesekeima, con cuya melodiosa y mágica música logró cautivar a todos.

Los warao fabricamos nuestros propios violines que al igual que Naku, llamamos Sekesekeima. Tan hermosos nos parecen que también los conocemos como “Iboma sanuka “, la muchachita”.

El cuerpo del violín lo hacemos con madera de cedro y las cuerdas con fibras de curagua, enceradas con resina vegetal.

Mokobito, Jesús Rojas, un vitalista warao muy actual con un sekeseke de su propia creación. Foto cortesía de Hector Figueroa 2007.

UN MOSQUITO ENAMORADO

Es un relato que escribí en 1999 para el II Concurso de Cuentos Infantiles “Panchito Mandefúa”, de la Radio Universitaria de la Universidad de Carabobo, donde obtuvo el Primer Premio. Gracias a ese premio, que fue muy publicitado, Playco Editores compró los derechos y lo editó en 2009. ¡Diez años después! Como compensación por los años de espera, el Mosquito fue seleccionado por la Internationale Jugendbibliothek para formar parte del catálogo The White Ravens 2009 ¡Lo cual celebramos a lo grande!

Ilustrado por Walther Sorg, el cuento está basado en una narración mítica warao sobre el origen de los mosquitos. Se trata de un mito un poco cruel, como todos los mitos, al que pretendí darle el mismo toque de humor con el que me lo narraron los warao. A ellos les divertía cuanto me hacían sufrir los mosquitos cuando, al atardecer, nos sentábamos a conversar a la orilla de un caño; en el Delta del Orinoco. Eso ocurrió por allá, por el año 1980, cuando yo hacía mis primeras incursiones de campo como antropóloga. Esa experiencia se quedó en mí como un aguijoncito. Me animaba a la idea de difundir la rica tradición oral de los warao entre el público infantil.

En este caso, me apropié de lo que recordaba de la narración y le di un marco ecologista; también le di nombres propios a los personajes e incluí ese elemento que subyace en toda cosmovisión indígena. Ese que nos señala que los humanos sólo somos una especie más en la naturaleza y que en ella cada quien tiene un papel que jugar en relación a los demás; entre ellos los mosquitos; y también las aves y sapos y ranas, como la rana Waka. Este particular batracio, conocido comúnmente como “rana lechera”, está asociada en la mitología warao con el origen del fuego.

Por su parte, las aves están asociadas con la sabiduría, y de las casi 300 especies que viven en el Delta, más del 50% son insectívoras, al igual que la rana, lo cual constituye un aporte original en la trama del relato.

Quise además mencionar algún lugar específico del Delta Amacuro y se me ocurrió “Araguaimujo”, por su sonoridad. ¡Cual no sería mi sorpresa cuando al tratar de conocer su significado etimológico pude leer en el diccionario warao lo siguiente: “En sus márgenes es muy densa la plaga de mosquitos”!

Como ya mencioné, Un mosquito enamorado, fue seleccionado para el prestigioso catálogo The White Ravens 2009, un listado de los mejores libros infantiles preparado por la Biblioteca Internacional de la Juventud de Munich, Alemania. Cada año, los especialistas de esta institución seleccionan, entre los miles de libros que reciben como donaciones, aquellos títulos de publicación reciente que consideran particularmente notables. Este “sello de calidad” se otorga a ediciones de interés internacional que merecen una difusión más amplia en razón de su temática universal y/o de su excepcional y frecuentemente innovador estilo artístico y literario.

La celebración ” a lo grande” tuvo lugar en la librería El Buscón de Caracas y contó con las palabras de presentación de Horacio Biord Castillo (Investigador del IVIC, experto en literatura indígena y miembro de la Academia de la Lengua). Por su parte, mis amigas, las cuentacuentos Gloria Núñez y Ana Luisa Blanco, maraca en mano, ofrecieron una entretenida interpretación del cuento para el deleite del público presente. Hubo firma de libros y nos divertimos mucho.

De allí, Un Mosquito Enamorado, salió volando para la Feria del Libro de Guatemala FILGUA y desde entonces no ha detenido su vuelo por distintas partes del mundo.

LOS WARAO

Los warao constituyen hoy en día uno de los pueblos indígenas más numerosos de Venezuela, y también uno de los más amenazados por enfermedades como el sida, la tuberculosis y la malaria.

Gente pacífica y hospitalaria, reconocidos como excelentes navegantes y artesanos, los warao habitan desde hace miles de años en el Delta del Orinoco, al que señalan como el “Corazón del mundo”, su territorio sagrado. Allí, antes de encontrarse con el mar, este inmenso y caudaloso río se abre como un abanico vertiendo sus aguas en muchos brazos que a su vez, se dividen en cientos de caños y cañitos. En sus orillas, y sobre las aguas, los warao construyen sus viviendas o palafitos. La unión de estos palafitos o janoko, como ellos los llaman, forman una ranchería, y una o varias rancherías constituyen una comunidad, en la que la mayoría de sus habitantes son parientes.

Janoko es una palabra en idioma warao que se traduce como “el sitio del chinchorro”, esas redes colgantes o hamacas que les sirven de cama o asiento y que son la pieza más importante del mobiliario warao y muchas veces, la única.

Araguaimujo, la comunidad donde hemos imaginado ocurre nuestra historia, está ubicada en un tranquilo caño del río Araguao, donde se dice, abundan los mosquitos y otros insectos como el jején y el tábano. El jején, conocido en el mundo científico como Phlebotomus papatasi, parece un mosquito pero es más pequeño y el tábano, parece una mosca pero es más grande y ruidoso. Se dice que existen unas 465 especies de Anopheles o mosquitos, y de ellas unas 50 son capaces de transmitir la malaria o paludismo. Sin embargo, hasta hace relativamente poco tiempo, ninguna de estas especies transmisoras era común en el Delta. Las mutaciones producidas por los plaguicidas, y otros agentes químicos, modificaron esta realidad y hoy, mosquitos transmisores de enfermedades más letales y resistentes a los medicamentos constituyen una amenaza para la salud del pueblo warao.

Para saber más de la fauna del Delta consulté a varios amigos e investigadores de La Fundación de Ciencias de la Salle de Caracas, entre ellos a Giuseppe Colonnello, que sabe mucho de todo, a Marcos Salcedo, que sabe de aves, en especial de las aves del Delta y a Celsa Señaris, experta en los batracios de la región. También al colega Werner Wilbert, antropólogo y epidemiólogo quien me dio los datos sobre los mosquitos, así como valiosa información sobre la relación de los warao con la muy diversa fauna del Delta.

Según Celsa, la rana Waka, no es una rana cualquiera, es una rana arbórea que vive oculta en los huecos de los árboles durante el día y sale a cazar insectos por la noche. Es entonces cuando los machos dejan oír su agudo y peculiar canto. También se le conoce como “rana lechera”, (Trachycephalus venulosus) debido a un secreción blanca lechosa que exuda cuando alguien trata de agarrarla o se siente amenazada. Esta secreción venenosa es capaz de producir irritaciones en la piel humana, parecidas a las de una quemadura. Por eso los warao la asocian con la mítica rana a quien le robaron el fuego en tiempos primigenios.

El Delta del Orinoco es una inmensa región y en sus aguas e islas cenagosas viven además de Waka, una gran variedad de aves y como ya sabemos, animales de todo tipo. Pero también muchos árboles y diferentes palmas, todo, gracias a lo cual, los warao obtienen cuanto necesitan para vivir.

Del tronco de los grandes árboles, de maderas duras y resistentes, elaboran sus embarcaciones a las que llaman curiaras o wajibaka, y con ellas se trasladan de un sitio a otro y tiempo atrás, hasta se aventuraron a recorrer el Mar Caribe.

También con madera construyen las bases de sus casas, las que luego techan con hojas de palma. De las palmas aprovechan sus también sus frutos, tronco y hasta su savia, siendo el moriche y el temiche las más usadas. De los cogollos de la palma del moriche, las mujeres obtienen unas fibras con las que hacen cordeles, cestas, adornos y tejen chinchorros. Del tronco del moriche y del temiche extraen una fécula con la que elaboran unas tortas muy sabrosas que llaman yuruma.

Hasta hace poco tiempo, las tortas de yuruma constituían la base de la alimentación de la familia warao, la cual complementaban con una rica variedad de peces, cangrejos, larvas, frutas, miel, yuca, ocumo, caña de azúcar y otros frutos que cultivan en sus huertos o conucos.

El fogón es la cocina del warao, pero también encienden pequeñas fogatas muy cerca de los chinchorros para calentarse durante las frías madrugadas del Delta y ahuyentar un poco a los mosquitos.

Los warao poseen un hermoso y musical idioma, así como una rica tradición oral que ha sido recogida en numerosas publicaciones. Lamentablemente la mayoría de estas publicaciones está dirigida a especialistas, de allí nuestro empeño en difundir ampliamente el legado de la cultura warao.

LA CAIMANA

Un cuento de Beatriz Bermúdez Rothe

Cuando era niña, María Rosa iba a lavar al río con su hermana. En esa época, en San Fernando no había electricidad y menos lavadoras, tampoco Internet ni nada de esas cosas.

Un día de mucho sol, la hermana lavaba y María Rosa jugaba cuando vio que algo se movía en la orilla. Se acercó con cuidado y entre la hojarasca húmeda encontró un caimancito. Él se quedó quieto, tan quieto que ella pudo verse reflejada en la ventanita vertical de sus redondos ojos amarillos. ¡Seguro se había escapado! las mamás caimanas son muy celosas con sus hijitos…

María Rosa asustada miró para todos lados hasta que su hermana le dijo:

–¡Vámonos! ¡Déjalo allí! ¡No me gustaría ser el almuerzo de una mamá caimana!

Pero María Rosa lo agarró y lo escondió en la cesta de la ropa y cuando llegó a su casa le pidió a su papá que la dejara quedarse con el caimancito.

El caimán creció rápido. Más rápido que María Rosa que lo trataba como muñeca y lo dormía en la bañera, hasta que un día, cuando María Rosa ya se había hecho señorita, el caimán amaneció que no quería comer, ni siquiera se movía.

Muy preocupado, el papá de María Rosa llamó al veterinario del pueblo. Habló con él con cierto recelo porque era nuevo en el puesto, recién graduado y como venía de la ciudad capital, era poco probable que supiera de caimanes.

El joven veterinario atendió su llamado y fue hasta la casa de María Rosa a examinar al caimán. Después de dar un par de vueltas alrededor del atribulado animal declaró:

–Señor papá de María Rosa, señorita, este no es un caimán, ¡es una caimana y está muy crecida! Le hace falta nadar y tomar más sol… Lo mejor será devolverla al río.

–¡Una caimana! –exclamó María Rosa que no se lo creía, y como no quería separarse del caimán que resultó caimana, lloraba y lloraba.

El señor papá estuvo de acuerdo con el veterinario aunque le daba mucha pena ver llorar a María Rosa. ¡Eran lágrimas verdaderas! No de cocodrilo, como dicen las malas lenguas.

–Es mejor hijita, si no la caimana se va morir de la tristeza en la bañera.

Con ayuda del veterinario subieron a la caimana a la parte de atrás de una camioneta grande, de esas de reparto y la sujetaron como pudieron. Tomaron la carretera y la llevaron lejos, muy lejos, más allá de Biruaca. Allí la dejaron, en la boca de un caño que hermana sus aguas con las del río Apure y como no es fácil entender de tristezas, menos aún si se trata de caimanas, se dijeron satisfechos:

–Aquí seguro, será feliz.

Nadie sabe cómo, pero al tiempo, la caimana regresó a San Fernando. La gente asustada se apartaba de ella viéndola caminar por las calles y ¡hasta un vecino sacó una escopeta para matarla del puro miedo que daba! Había crecido mucho, pero María Rosa, que andaba por ahí de compras, la reconoció y muy a tiempo gritó:

–¡No dispare, no dispare por favor!

El señor de la escopeta no disparó y la caimana siguió a María Rosa hasta la casa donde fue derecho hasta la bañera. ¡Hacía mucho calor!

María Rosa, ahora la llevaba al patio a tomar el sol y de vez en cuando la sacaba a nadar y cuando se casó con aquel joven veterinario que había venido de la ciudad capital, la caimana hasta la iglesia los acompañó.

Desde entonces se hizo muy famosa y todo el que llegaba a San Fernando iba a conocer a la caimana de María Rosa, que ya no cabía en la bañera y usaba sombrero.

¡Nadie podía creer que existiera una caimana amigable, porque a todas las demás les gusta comer gente! Pero esta era diferente y cuando alguien se acercaba, sonreía y patas afuera de la bañera, ¡mostraba sus dientones para las fotos!

Y sanseacabó, hasta aquí llega este cuento de verdad, verdadera que ocurrió más allá de mi imaginación cuando conocí los Llanos de San Fernando de Apure.

La serpiente emplumada también existe en Amazonas y los ye’kuana la llaman Wiyu

Tapa o portada de la publicación Wiyu la serpiente emplumada y otros mitos ye'kuana, de Beatriz Bermúdez. Colección Guarimba
Diseño de la tapa y portada: María Isabel Hoyos

Wiyu, la serpiente emplumada y otros mitos ye´kuana

Es el título del primer libro dirigido a lectores infantiles que publiqué. Originalmente, esta recopilación de mitos y otros textos ilustrados formaban parte del libro: “Trama, mitos y cestería ye’kuana”, publicado en 1988. Obra en la que planteo, por primera vez, la íntima e intrincada relación que existe entre mitología, cestas y alimentos. Años más tarde, a solicitud de Velia Bosh, Wiyu apareció con su penacho de plumas para conmemorar los 10 años de la Colección Guarimba, colección infantil que Velia había creado y dirigía en Alfadil Ediciones, Venezuela.

Pero Wiyu es algo más que la versión amazónica del conocido mito mesoamericano de la serpiente emplumada. Es la gran anaconda, la creadora y dueña del agua de ríos y lagunas y de todas las criaturas que en ella habitan. Ataviada con su enorme penacho de plumas, convertido en arcoíris cuando lo despliega al sol, Wiyu emerge de la profundidad de las aguas para producir grandes cambios en la tierra, fecundarla y renovarla. De allí que los ye’kuana, aún hoy día, sientan un profundo respecto y hasta temor por su poder y evitan mirar el cielo cuando surge un arcoíris. De la misma manera, les es prohibido o tabú cazar y consumir anacondas.

En esta publicación, el mito de Wiyu aparece enlazado con otros mitos muy arraigados y difundidos entre los pueblos indígenas del Amazonas y las Guayanas, tal como suele suceder cuando son cantados o narrados por los sabios ancianos en la penumbra de sus viviendas comunales o ante el grabador de un acucioso antropólogo. Entre estos mitos, encontramos el conocido mito del árbol de todas las plantas y frutos, uno de mis preferidos y del que conozco varias versiones.

Como podremos evidenciar con su lectura este complejo mítico amazónico, pletórico de un rico simbolismo, narra el origen de los seres y las cosas, así como también el surgimiento de importantes referentes geográficos que identifican su territorio ancestral. Sus caudalosos ríos, la selva que los circunda, las sabanas, tepuyes y montañas sagradas como el Duida y el Marawaka, esas gigantescas moles de piedra que resultaron de la tala del mítico árbol.

Pero también hablan de los saberes que los seres humanos recibieron de sus creadores y héroes culturales, ¡y de los que les robaron! así como de aquellos conocimientos y destrezas que han desarrollado e ido acumulando a lo largo de miles de años y que les han permitido aprovechar los recursos que la naturaleza les ofrece. En particular, los tubérculos de yuca amarga, base de la alimentación de la mayoría de los pueblos que habitan la región Amazónica.

Cestas y yuca amarga

La yuca amarga o mandioca, cuyo nombre científico es manihot esculenta Crantz, contiene un ácido venenoso que la hace incomestible aun para las numerosas plagas e insectos que abundan en la selva, de donde es originaria. Su consumo por tanto, puede ser mortal a menos que se le extraiga el veneno y para lograrlo de manera eficaz, los indígenas utilizan la tecnología cestera. En particular, esa extraordinaria cesta en forma cilíndrica y de complicado tejido y confección a la que los ye’kuana llaman tünküi y en español le decimos sebucán. Gracias a ella es posible extraer el veneno de las gruesas raíces de la yuca y obtener así una harina rica en calorías.

Wadishidi, el “dueño de las cestas”

Pero en ese tiempo primordial, los ye’kuana no sabían cómo hacer cestas. Estas eran posesión de Wadishidi, un shamán muy temido por sus poderes mágicos, egoísta y malévolo, quien las ocultaba celosamente y no compartía su secreto con nadie.

Además de estos acontecimientos cosmogónicos y de las múltiples transformaciones que sufren sus personajes, la dinámica que caracteriza a estos mitos, como parte de la tradición oral, facilita la incorporación de nuevos hechos y elementos y con ellos su constante actualización. Es así como encontramos en los mismos, referencias a momentos históricos de gran repercusión para los pueblos indígenas de la región. Entre ellos, la llegada de los invasores europeos.

Los ye’kuana narran con orgullo cómo, transformados en jaguares, vencieron al invasor e impidieron que se asentara en su territorio. Este hecho los ha llevado a autodenominarse “los no conquistados”. Sin embargo, desde entonces y muy a pesar de su resistencia, su cultura no ha estado ajena a la influencia de evangelizadores, aventureros, investigadores, comerciantes y agentes del gobierno y más recientemente del letal arribo, hasta la más recóndita de sus comunidades, de mineros ilegales y medios de comunicación.

Con Wiyu… intento ofrecer una adaptación, fiel y rigurosa, de solo una parte de esa muy extensa y rica mitología, respectando al máximo la sintaxis y el vocabulario utilizados por los narradores. A la adaptación de los mitos agregué una sencilla descripción del proceso mediante el cual, niños y niñas ye’kuana aprenden a tejer cestas, y con ello, algunos de los valores fundamentales de su cultura y organización social. Mi objetivo entonces, igual que ahora, ha sido contribuir al conocimiento y valoración del legado cultural indígena venezolano.

Dawasehuma

Las versiones originales de estos mitos fueron ofrecidas por los sabios ye’kuana Barné Yabarí y Manuel Velásquez, conocido también como Dawasehuma, ambos del Río Cunucunuma; y por Napoleón, del Alto Caura, recopiladas en su mayoría por Marc de Civrieux y otros por mí, en distintas épocas y lugares. Las ilustraciones, en técnica mixta de acuarela y creyón, son obra del artista plástico, caricaturista y poeta caraqueño Juan Rodríguez. A todas estas personas que hoy están en otro plano, incluyendo a Velia Bosh, a quienes admiré por su extraordinaria labor y calidad humana, siempre les estaré agradecida por haberme honrado con su amistad y por haberme acompañado en la aventura de publicar un libro.

Es justo también reconocer el acompañamiento y apoyo de otras personas como Patricia Céspedes, una correctora de estilo sin par, amiga hasta el presente; a Stefano Gramitto, Jesús María Herrera, Luis Falachi y sobre todo a mi hijo Emiliano, todos ellos críticos lectores.

A Manuel Velásquez supe que también lo llamaban Yawasecjää Ömö, pero ninguno de estos era su verdadero nombre. Entre los ye’kuana, según él mismo refería, el nombre propio solo lo conocen tus padres y tu, es secreto y además es tabú tratar de indagar sobre el tema.

Yo conocí al viejo Manuel en 1979, cuando no éramos tan viejos. Ese mismo año, en una de sus visitas a Caracas, Dawasehuma me acompañó a una entrevista que me hacían en Radio Caracas Radio sobre la infancia indígena con motivo de la celebración del Año Internacional del Niño. Después de la entrevista, continuamos conversando sobre el tema y Manuel, con su infinita sabiduría, me confió una serie de detalles sobre la crianza y educación tradicional ye’kuana. Buena parte de esta información aparece en Wiyu y también en Temeeni, un niño hye’kuana, texto que apareció publicado en 2003 y sobre el que escribiré en otra ocasión.

Los ye’kuana

Por ahora puedo agregar que los ye’kuana son uno de los cientos de pueblos indígenas que desde hace milenios pueblan, transitan, transforman y conservan esa vasta región conocida como Amazonas. Su idioma y su cultura forman parte de la gran familia caribe; reconocidos como excelentes navegantes y comerciantes, han sabido ser celosos guardianes de sus territorios y cultura, en particular de su idioma, ritos y mitología ancestral.

Si bien los sabios ye’kuana, al momento de cantar o narrar sus mitos, no distinguen entre adultos, jóvenes, niñas o niños, es innegable que en muchas ocasiones es principalmente a la gente joven a quienes se dirigen. En particular a los niños y adolescentes, llamados a ser los continuadores de esta antigua tradición. Luego, algunos de ellos, al igual que sus antepasados, se convertirán en los “dueños de la palabra”. Los expertos conocedores de su cosmogonía e historia mítica, de sus cantos y de los rituales asociados a ella.

Las niñas por su parte, al igual que sus madres y abuelas, serán las dueñas del conuco, de la siembra y sus productos. Pero solo gracias a las magnificas cestas que elaboran los hombres, esos productos podrán transformarse en alimentos para la comunidad. Porque es bueno saber que entre los ye’kuana, nunca nadie se queda sin comer.

Celebración de la primera fiesta del “conuco nuevo” . Ilustración Juan Rodríguez

Wiyu y sus vuelos

Volviendo a los libros, quisiera señalar que Wiyu ha volado más allá de los anaqueles de librerías y bibliotecas para darse a conocer, con voz propia, en el ámbito escolar y cultural, ignorando así las listas de “recomendados” de las instituciones expertas en LIJ en Venezuela.

En sus vuelos, a lo largo de estos años, este mito ha sido narrado por cuentacuentos en plazas, bibliotecas, escuelas y teatros de pueblos pequeños y grandes ciudades; representado por grupos de títeres y de teatro infantil, así como por agrupaciones musicales. En 2004, Wiyu fue seleccionado como uno de los temas e imágenes de la Feria Internacional del Libro de Caracas, dedicada a los pueblos indígenas de América. Oportunidad en la que más de 5000 estudiantes de las escuelas del área metropolitana disfrutaron de su lectura y representación teatral.

Se trata de un libro “descatalogado”, del que es difícil conseguir un ejemplar, pero confío en que siga presente en la Red de Bibliotecas Públicas de Venezuela y en las bibliotecas escolares a las que llegó.

¡Ahhh! y yo aspiro y espero que Wiyu, y su penacho de plumas, estén en el recuerdo y vivencias de las niñas y niños que han tenido la oportunidad de leerlo o escucharlo y que su imagen continúe cautivando su imaginación como parte de lo que somos.

Página de créditos de la publicación a la que se puede agregar que se trata de
una edición rustica, tapa blanda a todo color. -35 p. 21 x 21 cm.




CUENTO QUE TE CUENTO

Poco tiempo y mucho por hacer. Nada nuevo. Asumo que es imposible, en este momento que me ha tocado ser cuidadora de mi madre con Alzheimer, mantener dos blogs, ya de por sí abandonados hace más de un año. Pero como he decido retomar el oficio de escribir en esas horas muertas que a veces me quedan, oigo recomendaciones y meto todo en uno. Rediseño, reoriento, fusiono.

También voy a incluir aquí lo que he escrito sobre gastronomía en otros blogs y páginas de amigos.

Me sobran imágenes y palabras, las tomo, las acomodo y me uno a los millones de mujeres que hacen lo mismo que yo: escribir, narrar, mostrar, enlazar…

Literatura Infantil para el Encuentro

Así que de ahora en adelante el blog https://cuentoquetecuentoblog.wordpress.com/ y sus diferentes entradas, estarán incluidas en este blog bajo mi nombre.

Cuento que te cuento lo tomé del título de una de las obras de Josefina Urdaneta, esa gran mujer y educadora venezolana que ha publicado, entre otras cosas,  una serie de cuentos infantiles cortos con Playco Editores. Josefina es una de esas creadoras y promotoras culturales cuya obra bien vale la pena conocer. Su verbo, generalmente sencillo y directo, rítmico y jocoso, también ha sabido ser serio y profundamente poético. Cuando la conocí personalmente, a mediados de los 80, Josefina era la directora fundadora del Instituto Montecarmelo, en Caracas, donde estudiaba mi hijo.

Por mi parte, además de madre, ocupaba mi tiempo en estudiar y defender los derechos de los pueblos indígenas, utilizando al cine y los libros como herramientas. Trabajar con los indígenas me permitió adentrarme en otros mundos nombrados por lenguas no escritas, universos sonoros, formas de ser y de relacionarse inimaginables para mi hasta entonces.

Y desde ese entonces, mi vida profesional ha tenido muchas facetas, no ha sido solo antropología. Por más que lo he intentado, nunca he podido dedicarme a un solo tema, a una sola disciplina, a un solo quehacer.  Mi vida toda ha sido como una montaña rusa con aires de acordeón, con su tira y encoje, música incluida. Un laberinto circular con caminos que se cruzan, se sobreponen o se pierden.

En muchos de esos caminos, de subidas y bajadas, con o sin salida, siempre hubo y hay un libro, un relato, un mito, un sueño y una mano amiga… Porque realmente el “hacer” pocas veces es una actividad individual. A mí se me antoja que en definitiva es la suma de esos sueños y esas manos.

Por eso quiero agradecer a Sandra Guevara y a Wajari Velásquez su valiosa ayuda para que este blog apareciera en la web; a Valentina Salas, cómplice y fuente de inspiración en eso de contar cuentos; a mi hermana Elia y a mi hijo Emiliano por empujarme a escribir y,  por supuesto, a Felipe Muñoz Vergara por cederme algunas de sus ilustraciones. Gracias a ellas y ellos y a escritores y personas como Josefina Urdaneta, van estas páginas virtuales.

Aquí espero publicar  algunos tópicos relativos a esa LIJ que suele estar lejos de los circuitos comerciales y editoriales, y promover a sus autores e ilustradores;  así como también, compartir lo que ha sido mi experiencia como editora y escritora vinculada a los pueblos indígenas y sus creaciones. Nos estamos viendo…

Ilustración de Felipe Muñoz Vergara