LA CAIMANA

Un cuento de Beatriz Bermúdez Rothe

Cuando era niña, María Rosa iba a lavar al río con su hermana. En esa época, en San Fernando no había electricidad y menos lavadoras, tampoco Internet ni nada de esas cosas.

Un día de mucho sol, la hermana lavaba y María Rosa jugaba cuando vio que algo se movía en la orilla. Se acercó con cuidado y entre la hojarasca húmeda encontró un caimancito. Él se quedó quieto, tan quieto que ella pudo verse reflejada en la ventanita vertical de sus redondos ojos amarillos. ¡Seguro se había escapado! las mamás caimanas son muy celosas con sus hijitos…

María Rosa asustada miró para todos lados hasta que su hermana le dijo:

–¡Vámonos! ¡Déjalo allí! ¡No me gustaría ser el almuerzo de una mamá caimana!

Pero María Rosa lo agarró y lo escondió en la cesta de la ropa y cuando llegó a su casa le pidió a su papá que la dejara quedarse con el caimancito.

El caimán creció rápido. Más rápido que María Rosa que lo trataba como muñeca y lo dormía en la bañera, hasta que un día, cuando María Rosa ya se había hecho señorita, el caimán amaneció que no quería comer, ni siquiera se movía.

Muy preocupado, el papá de María Rosa llamó al veterinario del pueblo. Habló con él con cierto recelo porque era nuevo en el puesto, recién graduado y como venía de la ciudad capital, era poco probable que supiera de caimanes.

El joven veterinario atendió su llamado y fue hasta la casa de María Rosa a examinar al caimán. Después de dar un par de vueltas alrededor del atribulado animal declaró:

–Señor papá de María Rosa, señorita, este no es un caimán, ¡es una caimana y está muy crecida! Le hace falta nadar y tomar más sol… Lo mejor será devolverla al río.

–¡Una caimana! –exclamó María Rosa que no se lo creía, y como no quería separarse del caimán que resultó caimana, lloraba y lloraba.

El señor papá estuvo de acuerdo con el veterinario aunque le daba mucha pena ver llorar a María Rosa. ¡Eran lágrimas verdaderas! No de cocodrilo, como dicen las malas lenguas.

–Es mejor hijita, si no la caimana se va morir de la tristeza en la bañera.

Con ayuda del veterinario subieron a la caimana a la parte de atrás de una camioneta grande, de esas de reparto y la sujetaron como pudieron. Tomaron la carretera y la llevaron lejos, muy lejos, más allá de Biruaca. Allí la dejaron, en la boca de un caño que hermana sus aguas con las del río Apure y como no es fácil entender de tristezas, menos aún si se trata de caimanas, se dijeron satisfechos:

–Aquí seguro, será feliz.

Nadie sabe cómo, pero al tiempo, la caimana regresó a San Fernando. La gente asustada se apartaba de ella viéndola caminar por las calles y ¡hasta un vecino sacó una escopeta para matarla del puro miedo que daba! Había crecido mucho, pero María Rosa, que andaba por ahí de compras, la reconoció y muy a tiempo gritó:

–¡No dispare, no dispare por favor!

El señor de la escopeta no disparó y la caimana siguió a María Rosa hasta la casa donde fue derecho hasta la bañera. ¡Hacía mucho calor!

María Rosa, ahora la llevaba al patio a tomar el sol y de vez en cuando la sacaba a nadar y cuando se casó con aquel joven veterinario que había venido de la ciudad capital, la caimana hasta la iglesia los acompañó.

Desde entonces se hizo muy famosa y todo el que llegaba a San Fernando iba a conocer a la caimana de María Rosa, que ya no cabía en la bañera y usaba sombrero.

¡Nadie podía creer que existiera una caimana amigable, porque a todas las demás les gusta comer gente! Pero esta era diferente y cuando alguien se acercaba, sonreía y patas afuera de la bañera, ¡mostraba sus dientones para las fotos!

Y sanseacabó, hasta aquí llega este cuento de verdad, verdadera que ocurrió más allá de mi imaginación cuando conocí los Llanos de San Fernando de Apure.

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